La vida de un robot no es fácil

Desde pequeño me gusta la ciencia ficción. Recuerdo innumerables historias cortas, novelas y películas que alimentaban mi imaginación. Mundos llenos de tecnología y robots, lugares  sin espacio para el error y la mentira del ser humano. En la adolescencia comencé a programar en RPG y Cobol. Aquellas modernísimas PC’s con procesador 8088 eran mis mejores amigas, principalmente porque no podían mentir ni decepcionarme: la información que tenían la compartían gustosas si yo sabía preguntar; aquello que podían hacer, lo realizaban si yo las programaba correctamente. Después llegaron los Aibo, aquellos perros robot. Yo quería uno, pues no daban lata, no olían mal, no dejaban pelo y más importante aún, jamás dejarían una mancha en mi sofa o en mi cama. Después llego la Roomba, simpatiquísima aspiradora robotizada. La coloca uno en la habitación deseada y comienza a deambular por todas partes aspirando (no a una vida mejor, sino aspirando la mugre del piso).

Algunos otros robots más especializados han aparecido en este siglo XXI. Además también son más útiles que el robot de Perdidos en el espacio, qué sólo servía para girar histericamente mientras gritaba “¡peligro!, ¡peligro!”. Algunos sirven para buscar y remover explosivos en situaciones demasiado complejas para un equipo humano, otros para remover minas personales, algunos más para pilotear vehículos de reconocimiento en zonas de conflicto. Aún recuerdo cuando en el 2005 el ejército norteamericano anunció que enviaría a la primer veintena de soldados robot a Iraq. Entre otras ventajas este guerrero mecánico no requiere comida, ropa, entrenamiento, cuidado psicológico y motivación. Más aún, no hay que pensionarlos. Su disparo es mucho más preciso que el de un soldado humano. Aún así, no son autónomos. Requieren de un operador humano que los guíe a control remoto.
Ese mismo año apareció en Japón el más antropomórfico de todos, el Wakamaru. Al inicio podía reconocer una decena de expresiones faciales de su amo y entender unas 10,000 palabras. Sus primeras funciones fueron las de un secretario y guardián doméstico. Su primera versión pesaba unos 30 kilos, medía alrededor de un metro y costaba unos 15,000 dólares. Al parecer los primeros cientos vendidos se han usado principalmente para acompañar a gente de la tercera edad, ya que pueden recordarles tomar su medicina a tiempo y llamar a los servicios de emergencia si detecta alguna irregularidad.
Esto suena fantástico pero ¿alguien le ha preguntado a Wakamaru que piensa de su chamba? Pues bien, una nueva obra teatral nos pretende mostrar la historia desde aquel lado. La obra titulada Yo, trabajador (Hataraku Watashi) se úbica en un futuro cercano. La dramaturga Oriza Hirata dice que su intención era cuestionar nuestra relación con la tecnología. La historia gira en torno a una pareja humana que tiene un par de Wakamaru como sirvientes. El problema es que uno de ellos ha perdido la motivación para trabajar y se queja de lo aburrido y monótono de sus encomiendas, cuestionando a los humanos sobre el papel que juega en sus vidas. Llevó un par de meses programar los diálogos y comportamiento de los robots para lograr una obra de 20 minutos, aunque se espera que para el 2010 sea una producción teatral completa.
Lo que aun no he podido saber es si los Wakamura utilizados están contentos con su nuevo perfil laboral. ¿Sé convertiran en deprimidos actores? Pienso en aquella película deliciosa I Love Your Work, en torno a la vida de esas estrellas cinematográficas sobrepagadas y subocupadas.
¿Debería solicitar una entrevista con el agente de  los Wakamura para averiguarlo?.

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~ por Miguelito en febrero 2, 2009.

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