Death & Co.

•Marzo 26, 2009 • Dejar un comentario
Lápida de Sylvia Platt

Lápida de Sylvia Plath

Otro poema de Sylvia Plath.

 

Esos versos finales son fantásticos: I do not stir. / The frost makes a flower, / The dew makes a star, / The dead bell, / The dead bell.
Somebody’s done for.

Death & Co.

Two, of course there are two.

It seems perfectly natural now —

The one who never looks up, whose eyes are lidded

And balled¸ like Blake’s.

Who exhibits

Leer el poema completo

Nicholas Hughes se suicida

•Marzo 25, 2009 • Dejar un comentario

Sylvia Platt con Frieda y Nicholas

Sylvia Plath con Frieda y Nicholas

El hijo de Sylvia Plath y Ted Hughes se acaba de ahorcar a los 47 años de edad, 46 años después de que su madre metiera la cabeza al horno para suicidarse respirando gas. Nicholas vivía en Alaska y se dedicaba a estudiar la biología de especies acuáticas. Su vida transcurrió lejos del escrutinio público. Nicholas no sé enteró de la verdadera causa de la muerte de su madre hasta que era un adolescente.

Hay que recordar que Sylvia tenía a sus dos hijos, Frieda y Nicholas, dormidos a unos metros de ella cuando se suicido. Según su hermana, quién dio la noticia de la muerte de Nicholas ocurrida el 16 de marzo, él había estado batallando con la depresión por muchos años. Su madre también batallo largamente con la depresión. Mientras estudiaba en la preparatoria en Nueva York y trabajaba en la revista Mademoiselle intentó suicidarse, experiencia que luego plasmaría en su novela The Bell Jar de 1963. Sylvia se casó con Ted Hughes en 1956, tuvo dos hijos con él y finalmente se separaron en 1962, cuando Hughes comenzó una relación con Assia Wevill. Al momento de su suicidio, el 11 de febrero de 1963, Sylvia Plath tenía 30 años de edad.

No hay que olvidar que Assia ayudó a criar a Nicholas y Frieda, pero se suicido junto con su propia hija de 4 años en 1969, usando la misma técnica que la Plath. Assia Wevill es una mujer de la que se ha hablado poco, pero sabemos que además de hermosa y sexy era fluida en alemán, hebreo, inglés, encantadora, inteligente y mundana. En suma, una sirena.

Por otro lado Ted Hughes sé convirtió en poeta laureado en 1984 y es considerado uno de los mayores poetas de su generación. Nunca quiso hablar acerca de los suicidios de sus mujeres, pero en su última obra poética Birthday Letters publicada el mismo año de su muerte, 1998, se decide finalmente a explorar el tema.

El suicidio de Nicholas hace que un libro pendiente hace tiempo se reacomode en la parte superior de mi pila de libros por leer, uno de Yehuda Koren y Eilat Negev, Lover of Unreason: Assia Wevill, Sylvia Plath’s Rival and Ted Hughes’s Doomed Love. Ya les contaré más detalles sobre esta tragedia que parece de la Grecia clásica.

En la foto, Sylvia Plath con sus dos hijos.

Lady Lazarus – Sylvia Plath

•Marzo 25, 2009 • Dejar un comentario
Sylvia Platt con Ted Hughes

Sylvia Plath con Ted Hughes

Aquí uno de los poemas que Sylvia Plath escribió durante su último año de vida. Uno de mis favoritos, releído está mañana mientras me enteraba sobre el suicidio de su hijo. Una de las cosas que se le llegaon a criticar mucho, en vida, a Platt fue su modo de referirse al Holocausto. Aquí encontrarán un ejemplo de ello.


Lady Lazarus

I have done it again.
One year in every ten
I manage it—–

A sort of walking miracle, my skin
Bright as a Nazi lampshade,
My right foot

Leer todo el poema

Estamos condenados

•Febrero 19, 2009 • Dejar un comentario
We're doomed

We're doomed

Hace poco el nihilista hablaba con unos amigos (en efecto, el nihilista tiene amigos. Muchos, gracias) sobre la mejor presentación de un personaje cinematográfico. Difícil decidir porque hay decenas de personajes que le son queridos, aunque quizá sean más los momentos lamentables que recuerda. ¿O acaso no tienen presente esa primera escena de Sigoumey Weaver como la Reina Isabel La Católica? ¡El peor “volteo para sorprenderlos” de toda la historia del cine! Pero después de mucha reflexión, si se viese obligado a escoger sólo una primera escena de un personaje el nihilista correría, gallardamente, el riego de pasar por un naco. Se quedaría con la primera frase de C-3PO en la primer película de Star Wars: “We’re doomed”. Tenía unos 6 años cuando la vi por primera vez y aún hoy me parece tan puntual y premonitoria.

We're doomed

Sólo compro un libro por su apariencia….

•Febrero 18, 2009 • Dejar un comentario

El nihilista no se siente solo, porque sabe que el mundo está lleno de, mmmm, nihilistas. Sólo que muchos de ellos no lo saben, o no han salido del, mmm, closet de la esperanza infundada.

Hoy estaba escuchando a Stuart Murdoch -Belle and Sebastian pues- y no pude más que esbozar una sonrisa al escuchar:

I’m not as sad as Dostoievsky,
I’m not as clever as Mark Twain,
I’ll only buy a book for the way it looks,
And the I stick it on the shelf again.
Now I could tell you what I’m thinking,
But it never seems to do you good.

Y esbozo una sonrisa porque me recuerda el primer libro que compré, cuando tenía ocho años: Crimen y Castigo. Algún día contaré la historia porque es divertida, pero baste decir que en efecto lo compré por como lucía. Era un glorioso tomo, usado, de aquellas ediciones que, según me han dicho, se llegaron a vender en los supermercados mexicanos en los 60. Pasta dura, rojo vivos y borde de las hojas en dorado. ¿Qué niño de ocho años podría imaginar la profunda angustía que encerraban esas tapas?
No tengo ni creo tener hijos. Pero si alguien muy joven necesita consejo, sin dudar le pondré la canción de Murdoch, esperando que hagan caso: compren un libro por su apariencia y después directo a la repisa…. eviten el doloroso trámite de leerlo.

Pasar la página, dejar lo terrible atrás, seguir avanzando…

•Febrero 17, 2009 • Dejar un comentario

Esas son algunas de las frases que los optimistas suelen disparar al azar en sus conversaciones con el nihilista. El efecto habitual es cancelarle las enormes ganas de seguir viviendo, y hoy al verlas publicadas me hacen reflexionar.
Como todos saben el nihilista es aficionado al béisbol. ¡Incluso lo jugó!, claro, sin éxito alguno, como todo en la vida. En estos momentos uno de los jugadores más famosos, Alex Rodríguez de los Yankees de Nueva York, enfrenta un proceso en torno a cuestiones de dopaje.
En su comparecencia el día de hoy el llamado A-Rod se dijo listo para ‘dejar todo el asunto detrás de él’. Pobre. Parece no saber que la humanidad no encuentra mayor disfrute en cosa alguna que en el fracaso de los demás. Más aún si el fracasado en turno es un individuo altamente encumbrado en su oficio. El puede estar listo para pasar la página, pero el público no. A-Rod tendrá que ser humillado, arrastrado, expuesto y ridiculizado. Después de ello, quizá, los aficionados lo perdonen. Pero ¿acaso no funciona igual casi todo en la vida?.
El hecho de que una persona no sólo no pueda drogarse a gusto, sino que además tenga que dar cuenta pública de lo que hace con su cuerpo, me parece una de las mayores muestras de que el fin de los tiempos está cerca. Pero al nihilista no le queda más que hacer un plofff cuando lee la declaración de Alex el día de hoy. Resumida, el muchachito se la paso clavándose felizmente jeringuitas del 2001 al 2003, pero no sabía lo que se estaba metiendo. A ver ¿el atleta mejor pagado del mundo (235 millones de dólares), que tiene un equipo completo de gente cuidando de su cuerpo, se estaba inyectando cosas sin saber que eran ni que hacían?.
Cuando lo confrontaron haciéndole ver lo estúpido de su argumento, pleonásticamente respondió I was young and stupid. Bueno, al menos no era tan estúpido, porque también aclaró I knew we weren’t taking Tic-Tacs.
Al menos.

Y la muerte no tendrá dominio…

•Febrero 16, 2009 • Dejar un comentario

Uno de los malentendidos que el nihilista sufre con mayor frecuencia, es el de quienes piensan que el nihilista debe vivir deprimido u obsesionado con la muerte. Pero eso sería una forma de religión u optimismo invertido.

El nihilista no cree en nada trascendente. Por ello no le concede mayor valor a la muerte que a la vida, mucho menos al revés. Pensando en ello recordé a Dylan Thomas y tuve que regresar a él, principalmente los versos:

Though they go mad they shall be sane,
Though they sink through the sea they shall rise again;
Though lovers be lost love shall not;
And death shall have no dominion.

And Dead Shall Have No Dominion

1936

Dylan Thomas

Aunque los amante se pierdan el amor no…

¿Quién lo podría decir mejor?

How to Lose Friends and Alienate People

•Febrero 15, 2009 • Dejar un comentario

Así se llama la película que vi anoche. Si piensan que es un extraño modo de pasar un 14 de febrero, he de aclarar que la vi pasada la media noche. Estelarizada por Simon Pegg (no sé preocupen en Inglaterra es famoso, acá no), Kirsten Dunst y Jeff Bridges, debo decir que no es ni remotamente tan buena como su título. Las memorias de Toby Young en las que la película está basada son mucho más corrosivas y nihilistas.
Ahora, cuando una película está basada en “eventos reales” eso suele traducirse en un “eventos tan distorsionados en la película que el personaje real no se reconocería en pantalla”. Para decirlo brevemente, Toby Young es un periodista británico que saltó a la fama cuando narró el estruendoso fracaso que sufrió al ser contratado por Vanity Fair una vez cerrada su propia revista Modern Review.
El retrato es el de un sujeto crítico de absolutamente todo, menos él mismo. Con una ambición desmedida, arrogancia injustificada, rudeza en el trato e incapacidad para relacionarse emocionalmente. Si agregamos que su padre es un filósofo destacado, incluso Lord británico, suena prometedor. El problema es que el director no acaba de mostrarnos al Young radical de las memorías, ni de explicarnos porque habríamos de creer su redención por amor.
Un par de momentos buenos de Jeff Bridges, un Danny Houston desagradable, traicionero, arribista y burocrático, y un Simon Pegg en general medianamente divertido, no salvan el gran naufragio que es está película. Es más, ni el travestí que aparece en un par de escenas clave lo hace.
Olvidable, como mi 14 de febrero.

E.M. Cioran sobre el amor

•Febrero 14, 2009 • Dejar un comentario

cioranEl equívoco del amor viene de que uno es feliz e infeliz al mismo tiempo; el sufrimiento iguala la voluptuosidad en un torbellino unitario. Es por eso que la desgracia en el amor crece a medida que la mujer comprende, y, por ende, ama mucho más. Una pasión sin límites hace lamentar que los mares tengan fondo, y es en la inmensidad del azul donde uno sacia el deseo de inmersión en lo infinito. Al menos, el cielo no tiene fronteras y parece estar a la medida del suicidio.

El amor es una necesidad de ahogarse, una tentación de profundidad. Es en esto que se parece a la muerte. Así se explica que sólo las naturalezas eróticas posean el sentido de lo finito. Amando, se desciende hasta las raíces de la vida, hasta la frialdad fatal de la muerte. En el abrazo no hay rayo que pueda traspasar, y las ventanas se abren hacia el espacio infinito, a fin de que uno pueda precipitarse. Hay mucho de felicidad e infelicidad en los altibajos del amor, y el corazón es muy estrecho para esas dimensiones.

El erotismo emana más allá del hombre; lo colma, y lo destruye. Es por ello que, agobiado por esas oleadas, deja pasar los días sin percatarse de que los objetos existen, las criaturas se agitan y la vida se gasta, pues, atrapado en el sueño voluptuoso del Eros, con mucho de vida y de amor, ha olvidado lo uno y lo otro, de manera que al despertar del amor, a los desgarramientos innegables, sigue un derrumbe lúcido y sin consuelo.

El sentido más profundo del amor no se encuentra en el “genio de la especie”, ni tampoco en el rebasamiento de la individuación. ¿Tendría el amor esas intensidades tempestuosas, esa gravedad inhumana, si fuéramos simples instrumentos donde personalmente nos perderíamos? ¿Cómo admitir que nos comprometeríamos con sufrimientos tan grandes, únicamente para ser víctimas?

Los sexos no son capaces de tanto renunciamiento ni de tanto engaño. En el fondo amamos para defendernos del vacío de la existencia, y en reacción a ello. La dimensión erótica de nuestro ser es una plenitud dolorosa, propia para llenar el vacío que está dentro y fuera de nosotros. Sin la invasión del vacío esencial que corroe el nudo del ser y destruye la ilusión necesaria a la existencia, el amor sería un ejercicio fácil, un pretexto agradable, y no, por cierto, una reacción misteriosa o una agitación crepuscular. La nada que nos rodea sufre la presencia de Eros, que también es engañoso y atenta contra la existencia. De todo lo ofrecido a la sensibilidad, lo menos hueco es el amor, al cual no se puede renunciar sin abrir los brazos al vacío natural, común, eterno. Habiendo así un máximo de vida y muerte, el amor constituye una irrupción de intensidad en el vacío.

Toda esa intensidad es un ataque al vacío.

¿Soportaríamos el sufrimiento del amor si éste no fuera un arma contra el aburrimiento cósmico, contra la podredumbre inmanente?

¿Acaso nos deslizaríamos hacia la muerte, en el encantamiento y los suspiros, si no encontráramos en ello un medio del ser hacia el no ser?

La vida de un robot no es fácil

•Febrero 2, 2009 • Dejar un comentario

Desde pequeño me gusta la ciencia ficción. Recuerdo innumerables historias cortas, novelas y películas que alimentaban mi imaginación. Mundos llenos de tecnología y robots, lugares  sin espacio para el error y la mentira del ser humano. En la adolescencia comencé a programar en RPG y Cobol. Aquellas modernísimas PC’s con procesador 8088 eran mis mejores amigas, principalmente porque no podían mentir ni decepcionarme: la información que tenían la compartían gustosas si yo sabía preguntar; aquello que podían hacer, lo realizaban si yo las programaba correctamente. Después llegaron los Aibo, aquellos perros robot. Yo quería uno, pues no daban lata, no olían mal, no dejaban pelo y más importante aún, jamás dejarían una mancha en mi sofa o en mi cama. Después llego la Roomba, simpatiquísima aspiradora robotizada. La coloca uno en la habitación deseada y comienza a deambular por todas partes aspirando (no a una vida mejor, sino aspirando la mugre del piso).
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